Siete días de empoderamiento

Los últimos siete días empezaron y en buena medida acaban en Grecia. Pero también en España, Catalunya y muchos otros sitios. Son siete días plagados de ejemplos de nuevas formas de empoderamiento ciudadano, que dan a la razón a sociólogos críticos como Claus Offe, que entienden que el concepto de clase se redefine, y ya no es tanto un compartimiento estanco o una estructura cerrada como un proceso abierto y una nueva relación.

Empezaba en Grecia porque Tesalónica y otros municipios de su área metropolitana –la segunda más poblada del país- votaron el modelo de agua que querían para su territorio en un referéndum no tolerado por la autoridad estatal. Casi un 98% optó por el “no” a la privatización que propone la Troika. Pero más que el signo del voto, es significativo que unas 300.000 personas decidieran que la legitimidad que se atorga el Estado ya no les valía, y que tenían derecho a decir la suya sobre un tema que indudablemente les (pre)ocupa. Teniendo en cuenta que Tesalónica y su área metropolitana tienen algo más de un millón de habitantes, es una cifra nada despreciable.

Unos días después, supimos que las autoridades electorales prohibían el Multireferéndum que diversos movimientos sociales habían convocado en Catalunya el 25 de mayo para preguntar a la ciudadanía por temas tan diversos como los transgénicos, el modelo energético o los servicios públicos. Los organizadores consiguieron llenar Catalunya de urnas –más de 400-. Con los mossos confiscando urnas, el número de votantes es difícil de calcular, pero hay seguros más de 30.000. Una vez más, no importa tanto el signo del voto como la firme decisión de desobedecer y apostar por una democracia más participativa.

En paralelo a la triste imagen de la presunta policía democrática retirando urnas asistimos a la jornada electoral. Personalmente tenía decidido no votar. Era una decisión madurada y argumentada conmigo mismo durante semanas. Mi decisión se fundaba en la imposibilidad legislativa del Europarlamento, y en su lejanía respecto a mis (nuestros) problemas. Con todo en las horas previas a las votaciones me invadió un pálpito, una necesidad de sentirme partícipe de algo que, intuía, podía ser interesante. En un arrebato de primario sentimiento comunitario, voté a Podemos.

podemos

Es esta otra de las características que las nuevas formas de comunidad deben luchar por romper. El dualismo cartesiano situó a la racionalidad por encima de lo corporal y lo sentimental, y es tarea de nuevos movimientos y partidos de la izquierda transformadora apelar tanto a una racionalidad propia como dar nuevas utilidades a los sentimientos. Pienso que resulta básico si se quieren reconstruir comunidades donde lo cotidiano sea al mismo tiempo lo rebelde, sin separación.

Nos lo explica mucho mejor uno de los personajes claves en el inicio del periodo que ahora parece explotar en los países del sur de Europa, como antes lo hizo en Sudamérica. Me refiero al Subcomandante Marcos, portavoz durante años del movimiento zapatista, y que ahora, dando por segura la madurez del colectivo, opta por desaparecer, por fundirse, por ser uno más en el sistema del mandar obedeciendo. En su carta de despedida, Marcos afirma que el logro de los zapatistas ha sido optar –de forma unilateral, rompiendo legitimidades- por “reconstruir el camino de la vida, que es el que habían roto y siguen rompiendo desde arriba”.

.marcos

Apuntala el discurso Iñigo Errejón, jefe de campaña de Podemos: “Hay una revalorización del liderazgo individual frente a la capacidad de protagonismo colectivo cuando es al revés, cuando los grandes cambios los protagonizan movimientos de gente normal que se asocia, se emociona junta y hace cosas junta” (ver entrevista). Recuperar una vida que valga la pena vivir depende de nosotros.

Pero el poder es tozudo, y persistente. Dura poco la alegría en la casa del pobre. Pocas horas después del poderoso irrumpir de Podemos, desde Barcelona llegaban noticias del desalojo de Can Vies, histórico centro social ocupado hace ya 17 años en el barrio de Sants. En pocas horas, la policía catalana había usurpado urnas autoorganizadas e intenta desalojar lo que es imposible de desalojar: un cúmulo de experiencias que han enriquecido a una generación de militantes por el otro mundo imprescindible.

Así pues, estos siete días intensos acaban en Barcelona, pero también en Atenas, donde el Tribunal Supremo ha declarado inconstitucional la privatización de la empresa pública de agua EYATH, la misma que defendieron con sus votos desobedientes 300.000 ciudadanos. ¿El motivo? Muy similar al que defienden los colectivos y comunidades organizadas alrededor del agua: que ésta es salud y que la salud debe ser una cosa pública.

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