Mare Nostrum, Tritón i una tercera via de resistència

Lampedusa_2072421b“Continuen havent morts de primera, morts de segona, i morts que no surten enlloc”. La frase l’ha dit aquesta setmana el diputat de la CUP al Parlament, David Fernández. No es referia a Lampedusa  ni a Ceuta ni a Melilla, sinó que defensava la posició del seu grup en una moció del PP sobre l’amenaça gihadista.

És igual, perquè el rerefons és el mateix, sobretot perquè Fernández també es va referir al “cinisme de la política internacional”. Com a mínim 300 persones han mort aquesta setmana tractant d’arribar a les costes sicilianes en pasteres. I aquests morts sí que han sortit en alguns llocs, en la majoria a sota, molt a sota, de les punyalades per l’esquena entre dirigents del PSOE. Per tractar-los amb tanta hipocresia qui sap si no és millor el silenci.

Han sortit en alguns llocs perquè l’ACNUR, l’agència de  Nacions Unides per als refugiats, ha criticat amb duresa la Unió Europea, que a finals de l’any passat i a cop de titular va canviar el programa de vigilància marítima Mare Nostrum per un de més barat i menys eficient: Tritón, que limita el seu àmbit d’actuació a només 30 milles de la costa italiana.

Deia Iñigo Sáenz de Ugarte aquesta setmana al seu bloc que el nivell de vergonya d’Europa es mesura en euros. I sí, es mesura en euros, però també en hipocresia i racisme. I el nivell està pels núvols.

I clar, que ACNUR diga a la cara als dirigents de la UE que Tritón no funciona és molt útil per mantenir la il·lusió que la solució passa per la vigilància marítima. Però no. No és així. La solució torna a passar pels orígens. Deia Polanyi a ‘La gran transformación’ que hi ha tres elements que el lliure mercat tracta com a mercaderies i no ho són (ell en deia mercaderies fictícies): la mà d’obra, la terra i el diner. La mà d’obra són les persones, i efectivament, la UE mira cap a una altra banda mentre essers humans són tractats com a mercaderies.

L’obra de Polanyi evidencia que la ficció pot durar un temps, sempre amb elevades dosis de violència. Però passat aquest temps apareixen les resistències a les polítiques de laissez-faire (doble moviment, en diu). Resistències són les ganes de viure vides que valguen la pena dels essers humans, que insisteixen a jugar-se la vida per fugir de la gana i la guerra. Resistències són també les veus que s’aixequen, i que permeten descobrir la llarga llista de mentides oficials amb que es va intentar encobrir l’assassinat de 15 persones a Ceuta fa poc més d’un any. Tèbies resistències institucionals, quan l’ONU és incapaç de fer res més que recordar que 3.500 persones van morir l’any passat a les costes del sud d’Itàlia.

Resistències, en definitiva, que es resisteixen a tractar les persones com a mercaderies, com fa el capitalisme amb el consentiment de l’Estat-nació des dels seus inicis. I aquest és el problema.

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El TTIP y las fronteras interiores

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Lo poco que conocemos de las negociaciones del Tratado Transatlántico de Libre Comercio (TTIP por sus siglas en inglés) ha hecho saltar las alarmas entre los más diversos movimientos sociales y políticos de la izquierda. ¿Por qué?

En primer lugar, por cómo sabemos lo poco que sabemos. Un proyecto tan importante liderado en Europa por la Comisión Europea debería ser presentado con toda la pompa por el presidente de dicha institución, el popular Barroso.

Pero no. Sabemos lo que sabemos porque ha habido una filtración anónima a través de Filtra.la (plataforma en la que colaboran Diagonal, La Marea, Mongolia y eldiario.es). Es evidente, pues, que a alguien no le interesa que sepamos qué es el TTIP ni imaginemos sus implicaciones hasta que sea un hecho consumado (ver las informaciones al respecto de La Directa, eldiario.es y Diagonal, también las primeras respuestas ciudadanas en España).

A nuestro entender, que Estados Unidos y la Unión Europea estén interesados no ya en abrir mercados en África o Sudamérica sino en intentar explotar al máximo sus mercados interiores (sanidad, educación, recursos básicos como el agua, el gas o los alimentos) implica la definitiva consumación de que las fronteras han pasado a ser interiores.

No es que esto sea algo nuevo. Ya en ‘La sociedad del espectáculo’ Guy Debord hablaba de las tardocapitalistas como unas sociedades que modelan “todo su entorno”, creando un “espacio unificado” que concentra “interiormente la distancia” a través de políticas urbanísticas que buscarían “salvaguardar el poder de clase” (Debord, 1976: 117-118).

Otro científico social francés, Paul Virilio, incidía en esta misma cuestión en ‘Ciudad pánico’. Según apunta, tras el atentado contra las Torres Gemelas de 2001 “las fronteras del Estado pasan al interior de las ciudades”. Estas ciudades globalizadas de principios del siglo XXI tendrían en su interior sus propios “bandidos, milicianos y terroristas, de los cuales no podrá librarnos ninguna guerra clásica” (Virilio, 2006: 26-29”).

Virilio advierte de que una “guerra contra los civiles” está en marcha (Virilio, 2006: 42). Una guerra con nuevas características: sin declaraciones belicosas, sin invasiones plantando bandera… Un nuevo conflicto cotidiano, interior, que utiliza la psicosis como método de gobierno habitual y que viene a modificar los viejos conceptos de guerra y paz. El TTIP sería el último episodio conocido, una agudización del conflicto.

Colonialismo interior

Así, si entre finales del siglo XIX y principios del XX las grandes potencias se lanzaron en busca de nuevos mercados, el colonialismo de finales del siglo XXI y principios del XXI sería interior. Esto es un buen indicador del agotamiento de los recursos, y una prueba de que el capitalismo, en su fase actual, ya no tiene nada que ofrecer a los trabajadores. Ni siquiera las migajas. Ni siquiera un mínimo Estado del Bienestar.

Para seguir ganando necesitan recuperar lo que en su momento se consideró el mínimo imprescindible para mantener la cohesión y alejar el estallido. Esto, a nivel político, certifica la muerte de la socialdemocracia. A nivel económico, que la lucha de clases se agudiza. A nivel cultural, que necesitamos seguir investigando las claves para dar respuestas idóneas.

Imagen: Wikimedia Commons (by Pete Souza)

Siete días de empoderamiento

Los últimos siete días empezaron y en buena medida acaban en Grecia. Pero también en España, Catalunya y muchos otros sitios. Son siete días plagados de ejemplos de nuevas formas de empoderamiento ciudadano, que dan a la razón a sociólogos críticos como Claus Offe, que entienden que el concepto de clase se redefine, y ya no es tanto un compartimiento estanco o una estructura cerrada como un proceso abierto y una nueva relación.

Empezaba en Grecia porque Tesalónica y otros municipios de su área metropolitana –la segunda más poblada del país- votaron el modelo de agua que querían para su territorio en un referéndum no tolerado por la autoridad estatal. Casi un 98% optó por el “no” a la privatización que propone la Troika. Pero más que el signo del voto, es significativo que unas 300.000 personas decidieran que la legitimidad que se atorga el Estado ya no les valía, y que tenían derecho a decir la suya sobre un tema que indudablemente les (pre)ocupa. Teniendo en cuenta que Tesalónica y su área metropolitana tienen algo más de un millón de habitantes, es una cifra nada despreciable.

Unos días después, supimos que las autoridades electorales prohibían el Multireferéndum que diversos movimientos sociales habían convocado en Catalunya el 25 de mayo para preguntar a la ciudadanía por temas tan diversos como los transgénicos, el modelo energético o los servicios públicos. Los organizadores consiguieron llenar Catalunya de urnas –más de 400-. Con los mossos confiscando urnas, el número de votantes es difícil de calcular, pero hay seguros más de 30.000. Una vez más, no importa tanto el signo del voto como la firme decisión de desobedecer y apostar por una democracia más participativa.

En paralelo a la triste imagen de la presunta policía democrática retirando urnas asistimos a la jornada electoral. Personalmente tenía decidido no votar. Era una decisión madurada y argumentada conmigo mismo durante semanas. Mi decisión se fundaba en la imposibilidad legislativa del Europarlamento, y en su lejanía respecto a mis (nuestros) problemas. Con todo en las horas previas a las votaciones me invadió un pálpito, una necesidad de sentirme partícipe de algo que, intuía, podía ser interesante. En un arrebato de primario sentimiento comunitario, voté a Podemos.

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Es esta otra de las características que las nuevas formas de comunidad deben luchar por romper. El dualismo cartesiano situó a la racionalidad por encima de lo corporal y lo sentimental, y es tarea de nuevos movimientos y partidos de la izquierda transformadora apelar tanto a una racionalidad propia como dar nuevas utilidades a los sentimientos. Pienso que resulta básico si se quieren reconstruir comunidades donde lo cotidiano sea al mismo tiempo lo rebelde, sin separación.

Nos lo explica mucho mejor uno de los personajes claves en el inicio del periodo que ahora parece explotar en los países del sur de Europa, como antes lo hizo en Sudamérica. Me refiero al Subcomandante Marcos, portavoz durante años del movimiento zapatista, y que ahora, dando por segura la madurez del colectivo, opta por desaparecer, por fundirse, por ser uno más en el sistema del mandar obedeciendo. En su carta de despedida, Marcos afirma que el logro de los zapatistas ha sido optar –de forma unilateral, rompiendo legitimidades- por “reconstruir el camino de la vida, que es el que habían roto y siguen rompiendo desde arriba”.

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Apuntala el discurso Iñigo Errejón, jefe de campaña de Podemos: “Hay una revalorización del liderazgo individual frente a la capacidad de protagonismo colectivo cuando es al revés, cuando los grandes cambios los protagonizan movimientos de gente normal que se asocia, se emociona junta y hace cosas junta” (ver entrevista). Recuperar una vida que valga la pena vivir depende de nosotros.

Pero el poder es tozudo, y persistente. Dura poco la alegría en la casa del pobre. Pocas horas después del poderoso irrumpir de Podemos, desde Barcelona llegaban noticias del desalojo de Can Vies, histórico centro social ocupado hace ya 17 años en el barrio de Sants. En pocas horas, la policía catalana había usurpado urnas autoorganizadas e intenta desalojar lo que es imposible de desalojar: un cúmulo de experiencias que han enriquecido a una generación de militantes por el otro mundo imprescindible.

Así pues, estos siete días intensos acaban en Barcelona, pero también en Atenas, donde el Tribunal Supremo ha declarado inconstitucional la privatización de la empresa pública de agua EYATH, la misma que defendieron con sus votos desobedientes 300.000 ciudadanos. ¿El motivo? Muy similar al que defienden los colectivos y comunidades organizadas alrededor del agua: que ésta es salud y que la salud debe ser una cosa pública.

Choque de legitimidades

No sé si empezar un blog está muy de moda. Tampoco sé si es la mejor opción. Corren tiempos inciertos, en los que los precarios con mil títulos y ninguna nómina emprendemos proyectos. Lo que sí creo intuir es que alrededor del agua están ocurriendo muchas cosas que hay que explicar. Es pronto para acuñar conceptos, para eso hay que leer mucho y ser respetado, pero el mundo camina hacia un nuevo choque de legitimidades. Y el agua es uno de los campos de batalla más importantes. 

Lo es porque, sencillamente, sin agua no hay vida. Y cada vez somos más en el planeta. Unos pocos con mucho capital saben a ciencia cierta que el agua es un bien escaso, que lo será todavía más en los años próximos y que privatizarla es una perfecta forma de generar beneficios. Lo describe perfectamente Vandana Shiva en su libro Las guerras del agua: “La ofensiva actual por reintroducir y globalizar el territorio sin ley de la frontera es la receta perfecta para acabar con nuestros ya escasos recursos hídricos y para privar a los pobres de la parte de agua que les corresponde” (p. 40).

No es que esta ofensiva sea nueva. El ciclo de privatizaciones que comenzó en la década de los 80 y que tuvo a América Latina como enorme laboratorio ya había llegado a España antes de la crisis económica, pero ha aprovechado la recesión y los apuros financieros de las administraciones para apretar las tuercas. Los recursos de todos pasan a manos de unos pocos que los gestionan mirando solo la cuenta de beneficios. España no es la excepción, es uno de los focos en los que ahora mismo se aplica con dureza la norma. Se supone que aprovechando que estamos en ese momento que Naomi Klein llamó ‘doctrina del shockImagen‘. 

Lo que es realmente nuevo es el tipo de respuesta social a las privatizaciones. El agua sirve para explicar muchas de las cosas que están ocurriendo a nivel de organización y movimiento social en este país y en todo el mundo (lo veremos en este blog). No es casualidad que el peor momento del bipartidismo en España (según el barómetro del CIS de abril) coincida con respuestas a la privatización del agua como las que se dan estos días en Alcázar de San Juan o El Puerto de Santa María. 

Los movimientos sociales son pragmáticos, y si ya no buscan influir en los grandes partidos para conseguir sus objetivos es porque cada día tienen más claro que estos forman parte de un entramado que está poco o nada preocupado por aspectos como la felicidad de las personas a quienes dicen representar. Esto necesariamente da lugar a nuevas formas de hacer política, entendiendo política como la toma de decisiones colectivas por parte de un grupo para alcanzar unos objetivos. El periodista Raúl Zibechi, atento observador de los movimientos sociales, cita en su libro Dispersar el poder al sociólogo Félix Patxi para sugerir que un nuevo “ethos comunal” estaría sustituyendo al “ethos sindical”, que había sido muy útil a la izquierda política para conseguir sus objetivos desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta la consolidación del neoliberalismo en la década de los 80.

¿Qué hay de nuevo en este “ethos comunal”? Pues que éste, como organizador de la revuelta, va más allá del anterior, “pues lo que cobra forma es una sociedad otra: el objetivo es el poder, no el Estado” (p. 76). Se trata de movimientos sociales en los que aspectos como la participación y las relaciones humanas son tan importantes como los objetivos materiales. En España el 15-M dio fuerza a este tipo de organizaciones, siendo el origen de muchas nuevas comunidades que sacan de quicio a los cortoplacistas pero que contienen las semillas de ese mundo nuevo que, a nivel planetario, iluminaron e iluminan las comunidades zapatistas. Precisamente, el concepto de comunidad, asociado al de agua y al de cultura, será básico para entender el proyecto -¿periodístico-? que aquí se inicia, y que pretende explicar los problemas que se derivan de la ola privatizadora y las respuestas que surgen de abajo.

Imagen de Diego González Sans. La original la encontraréis en el Flickr de la Asamblea Popularde Chamberí.